La escalofriante enfermedad social del feminicidio alcanza niveles cada vez más altos en México. Poco a poco, la casuística de este crimen ha ido rebasando el lugar común de la estadística criminológica según la cual el feminicida suele estar relacionado sentimentalmente con la víctima. Hoy nos enfrentamos a casos como el del “Monstruo de Ecatepec”, quien asesinó presuntamente a una veintena de mujeres no emparentadas con él y quien promete seguir haciéndolo si lo dejan libre.

Ilustración: Víctor Solís

Vivir como presa o morir como esclava

Hace unos meses escribí para este mismo espacio un breve artículo llamado “Amores que matan: feminicidios en México”. En aquella ocasión aventuré una hipótesis psicogenética sobre los feminicidas, la cual trataba sobre la disonancia cognitiva producida por el choque entre una sociedad hipersexualizada y un andamiaje psicológico masculino propio de una persistente cultura patriarcal en la que las mujeres son vistas como trofeos u objetos de placer, como un género supeditado a la realización de los varones como “hombres”. Una de las consecuencias de esta disonancia es una malsana cólera de muchos varones hacia las mujeres que no los complacen en su forma de ser, actuar o vincularse con ellos, algo que en su visión androcéntrica del mundo interpretan como una osadía, como una forma de desobediencia que coloca automáticamente a cualquier mujer en una posición desvalorada, de entredicho.

En el artículo mencionado hice un paralelismo de los feminicidios con la muerte de los esclavos, haciendo referencia a su forma. Ahora me gustaría elaborar otro símil, esta vez referido a la expresión psicosocial de este crimen.

La posición desvalorada de las mujeres en las mentes del patriarcado funciona de forma semejante a la representación que un guardia, o una persona libre, tiene de un reo. La conculcación de derechos, las vejaciones y el maltrato hacia los reos son conductas contra las que la gran mayoría de las personas tiene pocas reservas; incluso, no es difícil encontrar a quien desee activamente el sufrimiento de los delincuentes, pues en sus mentes los delitos del preso hacen moralmente permisible su degradación. De forma análoga, la “desobediencia” de una mujer al canon patriarcal de la pasividad y la subordinación sexual, como si fuese un delito, crea un efecto similar en la representación que muchos varones tienen sobre el valor de su vida o de su integridad física y moral.

Esta hipótesis, propia del terreno de lo microsocial, adquiere relevancia en la óptica de los feminicidas seriales. El más reciente de ellos –o más bien, de los que conocemos—, el “Monstruo de Ecatepec”, representa fielmente esta estructura mental. El exacerbado odio hacia las mujeres de este individuo –porque decir “aberrante” es una burla en esta sociedad que supura misoginia— parte claramente de la frustración de alguien que se siente víctima de una “injusticia”: en la declaración indebidamente filtrada a las redes sociales, él afirma categóricamente "si yo no fui feliz, nadie lo va a ser", al referirse al supuesto abandono de una pareja. De igual forma, llama la atención su declaración sobre que mató a muchas de las mujeres “por bonitas” y que sus primeras víctimas le atraían. El leitmotiv es claro: “limpiar al mundo de porquería” —como expresó en su declaración— es su forma de vengarse de quienes no cumplieron con su “deber” de complacerlo. La declaración sobre supuestos abusos en la infancia, muy probablemente, sea sólo un intento por introducir atenuantes a su condena.

Los casos de otros feminicidas seriales recientes, cuyos nombres reales deben ser olvidados para siempre, como el “Caníbal de la Guerrero” o el “Matanovias”, gravitan en torno a la misma pulsión: la del castigo a la “desobediencia”, al incumplimiento de una expectativa de sumisión. Al Monstruo de Ecatepec pudo bastarle con ser ignorado por las mujeres que él consideraba bonitas para iniciar su racha feminicida; al Caníbal de la Guerrero, la distancia emocional de sus exparejas fue motivo suficiente para cometer sus atrocidades; al Matanovias —quien, por cierto, tiene un tatuaje con la forma de un corazón roto en el cuello—, pudo bastarle mucho menos.

Con lo dicho anteriormente no pretendo presentar un perfil patológico. Estos “monstruos”, en realidad, pueden ser personas perfectamente normales. Para explicarlo, me permito volver al símil sobre la prisión.

Aunque haya millones de personas libres o cientos de guardias de prisión cómodos con la idea del maltrato a los delincuentes, el ejercicio de la violencia hacia esta subpoblación es considerablemente bajo, sea por obra de la supervisión estatal o por la dinámica de empoderamiento de los reos al interior de las prisiones. Sin embargo, el famoso experimento de la cárcel de Stanford, llevado a cabo en 1971 por el psicólogo Philip Zimbardo, demostró que bajo una lógica de autoridad, y con un ambiente estresante, hasta los individuos más “normales” pueden transformarse en personas en extremo violentas e, incluso, sádicas.

En dicho experimento, para quien no esté familiarizado con él, se seleccionó mediante un anuncio a un grupo de 24 jóvenes universitarios para simular una situación de prisión en el sótano del Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford. Como parte de la simulación, 12 jóvenes fueron asignados como guardias y 12 como reos; a cada cual se le dio una indumentaria propia de su estatus. Para no extender el relato demasiado, durante el experimento los guardias comenzaron a comportarse cada vez más autoritariamente; varios de ellos mostraron comportamientos abiertamente sádicos. Durante el día, los presos sufrían privación de alimentos, de acceso al sanitario y desnudez punitiva. Durante la noche, cuando los guardias creían que no estaban siendo grabados, hubo episodios de tortura física. Recordemos que ambos grupos, tanto “guardias” como “presos”, eran estudiantes universitarios participando en una simulación.

Aunque las conclusiones de dicho experimento son cuestionables desde un punto de vista metodológico –fue cancelado antes de tiempo por los efectos traumáticos en los “presos” y otros experimentos han tenido otros resultados—, la moraleja es simple: cuando un sistema de creencias o de normas legitima la subordinación de una categoría social a otra, basta con un poco de estrés para convertir a muchas personas en auténticos monstruos.

Una ecología social monstruosa

Se pueden extrapolar dos conclusiones de lo dicho anteriormente al caso de los feminicidas.

En primer lugar, como ya fue señalado por varias personas en Twitter (v. el tuit de @metik o el comentario de @lapetitemachine), asumir que el feminicida de Ecatepec es un “monstruo” equivale a afirmar que está seriamente trastornado, como si se tratara de un caso aislado y no como lo que en realidad es: la expresión extrema de una epidemia que recorre México de punta a punta y en la que los perpetradores están absolutamente conscientes de sus actos y donde muchos de los cuales, como en el caso comentado aquí, están complacidos y hasta orgullosos de haber cometido crímenes salvajes. Lo que tenemos enfrente, y lo que más debería afrentarnos, es que el feminicidio no es un acto “de locos”, sino de hombres comunes y corrientes. Ello no quiere decir que los hombres seamos naturalmente malvados; nadie es “bueno” o “malo” por naturaleza. Son las circunstancias y las ideas las que conjuran los actos de sadismo o brutalidad. Ello tampoco implica que los crímenes seriales puedan ser tratados de la misma forma que el resto desde los puntos de vista jurídico, psicológico y criminalístico. La normalidad de los agresores yace en el hecho de que los componentes socioculturales de su economía emocional, la representación mental del deber o de lo “justo” que poseen en torno a los roles y la posición social de hombres y mujeres, es compartida por millones de mexicanos y de mexicanas. Si internalizar roles de autoridad/subordinación en una simulación dio pie a la brutalidad, ¿qué se puede esperar en una situación del mundo real?

En segundo lugar, es absolutamente claro a qué debemos imputarle la ola de feminicidios de nuestro país como fenómeno social. Lo que hace posible el número, ubicuidad, diversificación e incremento sostenido del feminicidio en México reside en el imaginario colectivo configurado a partir del “deber ser” de las mujeres como procreadoras, cuidadoras o proveedoras de servicios sexuales. En un entramado de rígidas nociones en las que las mujeres son vistas como “fuera de lugar” cuando no están, de un modo u otro, al servicio de los fines de otros, el trayecto hacia su deshumanización es de unos cuantos pasos.

Existe una percepción errónea de que estas nociones, id est, el machismo, son un asunto de pobreza, de ruralidad o de brecha intergeneracional. Pese a que, en general, la sociedad mexicana ha dado muestras de evolución en las últimas décadas, el discurso de la sumisión y su función legitimadora de la violencia “punitiva” hacia las mujeres es visible a gran escala, a través del espectro socioeconómico y en personas de todas las edades y ocupaciones. Hoy en día, cuentas de Twitter seguidas por medio millón de personas publican asiduamente tuits en los que se dicen cosas como “lo celebro, por puta” o “por eso las empanizan a vergazos”, todo ello en referencia a una mujer haciendo prácticamente cualquier cosa que implique la legítima búsqueda de su propia satisfacción sexual o su expresión. Esta clase de hostilidad es común también en situaciones de lo más banales, como expresarse mal sobre lo que sucede en algún deporte. Sí: en Twitter, una red social que supuestamente tiene a los usuarios con mayor ingreso y nivel educativo entre estos servicios.

Añádase a lo que pasa en una “inocente” red social lo que todos los días se escucha en las calles, lo que se comparte en grupos de whatsapp o las charlas que mantienen muchos varones en lugares segregados. Cualquiera con nociones básicas de criminalística puede fácilmente identificar que esta sociedad entera es un ambiente criminógeno y peligroso para las mujeres.

Mucha policía – poca investigación/Tolerancia cómplice

Impunidad generalizada, falta de acceso de las mujeres a servicios educativos y de salud, bajo nivel general de ingresos, desempleo, el número de mujeres elegidas para cargos públicos, bajo rendimiento escolar y abuso de alcohol son sólo alguno de los factores estadísticamente relacionados con los altos niveles de feminicidio en América Latina (Saccomano, 2015:10), la mayoría de ellos identificados en lo que se conoce como el Modelo socioecológico de la violencia contra las mujeres.

Según este modelo, la concurrencia de estos y muchos otros factores tiene un poder predictivo elevado en relación con los feminicidios. Si se analizan detenidamente, estos factores estresantes coinciden en gran medida con el entorno de poblaciones como Ecatepec y las zonas depauperadas de los cinturones de pobreza que rodean varias ciudades mexicanas.

En el largo plazo, terminar con estas inequidades promete reducir no solamente la incidencia del feminicidio, sino de la mayoría de los crímenes violentos. Sin embargo, el largo plazo es demasiado tiempo; es probable que, tan sólo el día de hoy, hayan sido asesinadas siete u ocho mujeres por ser mujeres. La Federación está obligada, si es que hay voluntad política de paliar el fenómeno, a utilizar la información del Modelo socioecológico —ya probado en otros países— para generar una política pública de procuración de justicia basada en la perfilación, detección y persecución de feminicidas. Por lo que sabemos, el “Monstruo de Ecatepec” asesinó mujeres por espacio de seis años y su captura se logró sólo gracias a sus descuidos.

Si el Estado mexicano continúa con su inútil modelo de mucha policía-poca investigación —armar a muchos “polis” que sólo detienen a alguien cuando comete un delito en frente de ellos— en vez de apostar por el análisis conductual, la investigación forense avanzada y la conformación de unidades operativas con formación especializada, en los próximos seis años alguien podrá matar otras 20 mujeres sin que nunca nadie se percate de ello.

Si como sociedad seguimos siendo anuentes con las expresiones misóginas, si seguimos tolerando a quien, excusado en el humor, expresa ideas degradantes o violentas hacia las mujeres y si no entendemos y hacemos entender a otros que un sistema de convenciones basado en la autoridad/subordinación puede ser mortal, entonces seguiremos viviendo en un entorno de monstruosidad latente que sólo necesita un empellón para estallar.

 

Antonio Villalpando Acuña
Sociólogo, economista y maestro en políticas públicas comparadas.

Referencia

Soccomano, Celeste (2015). “The Causes of Femicide in Latin America”. Student Papers N° 24. Barcelona: Institut Barcelona Estudis Internacionals.